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Yoga para bebés

El Yoga para bebés constituye el núcleo central del presente artículo. Con él, queremos dar a conocer nuestro punto de vista sobre un tópico no pocas veces controversial, así como también aportar algunas consideraciones que permitan aproximarse al tema "desde el costado", si se quiere; es decir: evitando entrar en estériles polémicas.

Como ya hemos afirmado en otras oportunidades, no creemos que exista, estrictamente hablando, algo que puede llamarse Yoga para bebés, o para niños, o para ancianos, o para lo que fuera, puesto que la practica milenaria es una-misma, siempre.

 
 

¿Existe el yoga para bebés?

Esto no quiere decir, sin embargo, que no se pueda aproximar nuestra experiencia de practicantes a distintas situaciones de la vida humana, para echar luces sobre ciertos aspectos, o convidar ciertas propuestas alternativas que sirvan a aquellos que buscan encontrar el camino que, a través de una vida mejor, se dirija con entusiasmo hacia una vida buena.

Inicialmente, no podríamos decir que exista un Yoga para bebés porque -como ya hemos dicho, y repetiremos- la milenaria disciplina es un camino espiritual que, por lo tanto, requiere del consentimiento de la persona que se atreve a su aventura, cosa que, en el caso de un bebé, obviamente no ocurre. Así, no puede haber Yoga para quien no sabe siquiera hablar.

En este sentido, tomemos la importancia fundamental que en la ejercitación ocupan las técnicas de respiración: ¿Cómo se hace para enseñarle a un bebé que cuando la madre lo pone en cierta postura tiene que respirar de tal o cual manera? Como verán, se trata de un absurdo, y sépase que si no hay práctica de la respiración, por mucho que se disponga el cuerpo de la manera correcta (logrando perfectamente las posturas), no hay Yoga.

Alternativas:

Pero lo anterior no quiere decir que la milenaria disciplina no tenga nada que aportarle al ser humano en su "ser bebé". Por el contrario, podrá aportarle mucho, aunque acercándose siempre desde la figura de los padres. En este sentido, debemos considerar lo que el psicoanálisis propone cuando habla de que, antes de la manifestación de la palabra en el niño, el mismo se siente una parte integral del cuerpo de su madre, que es el que lo alimenta, el que lo cobija, en fin: el cuerpo en el que se reconoce. Así, en el caso de un bebé que tenga una madre practicante, no dudamos en afirmar que cuando ella ejercite las Ásanas (posturas del Yoga) estará practicando, en buena medida, una suerte de Yoga para bebés o, mejor dicho: para su bebé.

Porque el si bien la milenaria disciplina es algo que se hace con el cuerpo, eso no quiere decir -para nada- que sus frutos queden solo en el cuerpo. No se trata aquí de hacer crecer los músculos, o lograr una elongación impresionante, sino de que los ejercicios ayuden a construir una emocionalidad firme, que no se deja arrastrar por los burdos temores, la ansiedad o la culpa. Y esto precisamente: esta serenidad en los sentimientos, esta dulzura en los movimientos y en la mirada, esto es, decimos, lo que la madre sí logrará transmitir a su hijo recién nacido. Y por el lado del padre, otro tanto puede decirse de la capacidad de beneficiar al hijo pequeño a través de la milenaria disciplina. En este caso, proponemos, más bien a modo de un juego, porque -siguiendo nuevamente la propuesta psicoanalítica-, la relación entre el niño y el padre comienza allí donde se pone en "juego" -precisamente- la palabra.

Así, el padre practicante estará él mismo creando una suerte de Yoga para bebés, en la medida que a través de distintas propuestas lúdicas (pensemos en una criatura que apenas aprendió a caminar, que agarra objetos y explora la casa) quiera mostrarle a su hijo lo que sabe hacer con el cuerpo. No nos sorprendamos, llegado este punto -nuestra experiencia ha visto pruebas de ello-, si el hijo, que todavía no entiende casi nada del mundo que lo rodea, se pone a imitar a su papá, a tratar de hacer lo que él hace, rizas de por medio, tanto del hombre como del niño… Del niño que siempre está dentro del hombre… del hombre que siempre está dentro del niño… O en la relación padre-hija, henchida de ese amor que deja un rastro indeleble en el corazón, la mente, el alma toda, de quien pasado el tiempo será una mujer.

 

Algunos cuidados

 

Por último, sí a la hora de pensar en Yoga para bebés se nos pidiera aportar una propuesta en concreto, a modo de un ejercicio, no recomendaríamos nada que tenga que ver con agarrar a la criatura y ponerle las piernas por aquí, y los brazos por allá, y otro tanto con la cabeza… No, no, no… Nada de eso. Sino, por ejemplo, recostar al niño sobre el pecho de su madre/padre y practicar entonces cualquiera de las técnicas de respiración vinculadas a cultivar un espacio interior de serenidad, amor y compasión.

Porque la transferencia de las emociones de los padres hacia sus hijos es algo que sin dudas existe (nadie en su sano juicio podría negarlo), pudiéndosela aprovechar, por lo tanto, para transformar el compromiso adulto de una práctica espiritual en algo que, por el poder del amor dadivoso, se transmite hacia el pequeño en una suerte de Yoga para bebés.