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musica para yoga
 
 
 

Música para Yoga

En el presente artículo queremos acercar a nuestros lectores algunas propuestas y encuadres que sean útiles al momento de pensar en música para Yoga.

No se trata aquí de dar clases o "impartir conocimientos" sino, simplemente, de convidar aquello que, según nuestra experiencia, pueda servir de estímulo al momento de practicar la milenaria disciplina.

 
 

Lineamientos preferenciales de la música para Yoga

No se trata aquí de escuchar canciones, puesto que la música que buscamos es aquella que pueda acompañar, estimular al practicante en su momento de ejercitación. De este modo, se trata en cierto sentido de una "música de fondo", si entendemos por esto "la creación sonora de un momento" y no, como muchas veces ocurre, una presencia inadvertida, a la que muchas veces se apela para no escuchar el silencio.

Así -este es nuestro parecer-, no recomendamos la música denominada "New Age", tal como: sonidos de ballenas o animales de toda índole, paisajes sonoros (ruidos del mar, del bosque, de las tormentas), o incluso composiciones instrumentales de ritmo acompasado. El motivo por el que no recomendamos ese tipo de música tiene que ver con el hecho de que, según entendemos, la misma ha sido creada para escuchar y nada más, disfrutando de los matices que aporta, de la capacidad que tiene de hacer volar la imaginación.

Pero en lo que a la práctica concreta del Yoga concierne, cuando uno lo deja todo y se pone a hacer los ejercicios -esto es importante-, la imaginación no debe ocupar un lugar que se quiera enfatizar. Incluso al contrario. Sin negar el importantísimo rol que la imaginación juega en la vida de toda persona, nos limitamos a decir que la práctica de esta disciplina no es -de ningún modo- una práctica de la imaginación. Por lo tanto, una música que estimule "imágenes mentales" no será la más apropiada.

Entonces, lo que buscamos en una música para Yoga, es un estímulo que nos vacíe de pensamientos e imágenes, y no que nos llene de ellos. En este sentido, convendrá buscar piezas instrumentales extensas, donde la métrica no esté marcada por percusiones acentuadas, sino por inflexiones de la armonía, contrapuntos de la melodía, alternancia de matices… En fin: cambios moderados, en un suave discurrir.

Instrumentos

Sin lugar a dudas, la mejor música para Yoga es aquella que proviene de la misma tierra que vio nacer a la milenaria disciplina. Nos referimos, evidentemente, a la música tradicional de la India.

La presencia inequívoca del Sitar (instrumento de cuerda pulsada), con sus armonías y escalas irregulares, se transforma en el soporte sonoro perfecto para ejercitar la ruptura de patrones mentales cerrados o, como le dicen los psicoanalistas: neuróticos. Porque al no tener la escala melódica un ir y venir determinado, los pensamientos no llegan nunca a pegarse a ella, posibilitando la liberación de los conceptos e ideas que el sujeto necesita para aferrarse a su endurecida visión del mundo, de las cosas, de sí mismo.

Y el Bansuri (una tipo flauta indostaní), con la sutileza del viento, que pareciera incluso desgarrar la membrana de los oídos para llevar la capacidad de oír a un nivel superior; no por violencia, no por fuerza, sino todo lo contrario: por suavidad y dulzura. Una dulzura que no arrebata al practicante hacia fantasías de amor erótico, con muñecos de peluche. Antes bien: una dulzura que vacía con calma. Una sutileza ante la cual estamos dispuestos a soltarlo todo.

 

No abusar de la música para Yoga

 

Por último, queremos decir que si bien la música puede ser un estímulo útil a la hora de sentarse a practicar, de ninguna manera debe conllevar el abandono de la ejercitación silenciosa, atenta al sonido de la propia respiración y los mil ruidos del mundo circundante, porque esa -no la de los discos- es la verdadera música para Yoga.

Y si llegaras a sentir que te cuesta practicar sin música, reconoce entonces que hay algo que ésas melodía están queriendo ocultar; algo a lo que te has apegado y de lo que ahora dependes. Si este fuera el caso, no te aflijas, sino más bien todo lo contrario, porque acabas de descubrir un problema que, por lo tanto, ya está en vías de solucionarse. Así que no te esfuerces. Sigue practicando con música, y luego ve bajándole el volumen poco a poco, hasta que te animes a apagarla, para escuchar sin más el aire limpiando tu cuerpo, el corazón bombeando la sangre que te nutre. Atiende la armonía silenciosa de tu estructura ósea, el intervalo de tus inhalaciones y exhalaciones. Reconoce también el ladrido del perro del vecino, los frenos del auto que paró fuera de tu casa. No quieras escapar de los ruidos, porque no lo lograrás. Descubre al fin la sinfonía que tú y el mundo componen a cada instante. Llegarás a escuchar con todos tus músculos, con la nariz y la boca. Por primera vez sabrás lo que es el silencio, y tendrás paz.